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Abrazo en Familia 2018
La Familia, lugar de alegría y esperanza
11 de Noviembre de 2018

INFORMACIONES

Abrazo en Familia 2018
La esperanza nos lleva a creer en la existencia de una creación
que se extiende hasta su cumplimiento definitivo,
cuando Dios será todo en todos.

Río Chico, 11 de Noviembre de 2018.- En este año 2018, signado por tantas separaciones familiares, el programa “Abrazo en Familia” tiene particular importancia. Muchos hoy valoran inmensamente los lazos con los padres, con los hijos, entre primos y tíos, abuelos. El lema “La Familia: lugar de alegría y esperanza” está más vigente que nunca.

En efecto, el objetivo del “Abrazo en Familia” no es otro que un signo que se puede vivir en la comunidad familiar, que una y aglutine a todos, estén juntos o no, en temas e intereses comunes. Este es el motivo por el que, en escuelas, guarderías, liceos, condominios, asambleas de vecinos, grupos parroquiales, movimientos de apostolado se utilizan con gran creatividad en orden al fortalecimiento familiar. Esta es la rica experiencia de estos años. Estos temas se usan también para divulgación en los medios de comunicación convencionales o no, y sirven para un fructífero intercambio de iniciativas y sugerencias.

Y es que el Evangelio de Jesucristo siempre tiene un efecto de renovación en la familia. Por tanto, podemos afirmar con nuestro lema que la familia “es un lugar de alegría y esperanza”.

Esperanza, caridad, crisis, comunicación, migración son los conceptos que dominan cada uno de los temas. Los guiones son indicativos. De cada uno pueden derivarse otros temas y sugerencias. Ruego a Dios que este esfuerzo del Departamento Nacional de la Comisión Episcopal de Familia e Infancia sea muy fructífero y fuente de crecimiento y renovación en muchas familias.

A Jesús, el hijo de la Virgen María y de san José encomiendo los frutos de este programa.

+Fernando Castro Aguayo.
Presidente de la Comisión Episcopal de Familia e Infancia.

La Familia, Cuna de la Esperanza

La Familia, cuna de la esperanza

Podríamos decir que en la familia se originan aquellos sentimientos que nos permiten desarrollar nuestros proyectos e ilusiones y nos impulsan a esperar con fe el logro de aquellos objetivos que nos vamos planteando a lo largo de la vida.

La familia es la cuna que abriga, cobija y protege todos nuestros sueños por eso tenemos la gran responsabilidad de mantener un estado de fe permanente que nos permita estar tranquilos y alegres como todo buen cristiano que pone su confianza en Dios.

El Santo Papa Juan Pablo II nos decía: «¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo… Podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza que no defrauda» (Novo Millennio Ineunte, Nro. 58). La fortaleza de la Fe es entonces la que nos permite mantenernos erguidos y fuertes ante toda circunstancia.

Hoy vemos con preocupación que en el ambiente familiar los niños crecen escuchando comentarios negativos, rodeados de adultos frustrados por el desespero y la falta de Fe. A muchos les toca criarse en abandono o a cargo de sus hermanos u otros familiares debido a la imperiosa necesidad de los adultos de buscar el sustento diario. Debemos actuar sobre esta realidad, requiere de un cambio de actitud, dedicar a la familia más tiempo de calidad, que no necesariamente debe estar lleno de bienes materiales sino de compañía y afecto; cambiar ese discurso lleno de pesimismo y derrotismo e insuflarnos todos unos a otros del amor de Jesús nuestro redentor que se mantuvo firme ante la promesa del Padre; de María su madre y madre nuestra, protectora de la esperanza, quien más amo y más confió sin dudar nunca del amor de Dios.

En la catequesis sobre la esperanza el Papa Francisco nos dice “La necesitamos mucho, en estos tiempos que aparecen oscuros, donde a veces nos sentimos perdidos frente al mal y la violencia que nos rodea, frente al dolor de tantos hermanos nuestros. ¡Necesitamos esperanza! Nos sentimos perdidos y también un poco desanimados, porque nos sentimos impotentes y nos parece que esta oscuridad no se acabe nunca.

Pero no hay que dejar que la esperanza nos abandone porque Dios con su amor camina con nosotros. «Yo espero porque Dios camina conmigo»: esto podemos decirlo todos. Cada uno de nosotros puede decir: «Yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo». Camina y me lleva de la mano. Dios no nos deja solos y el Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida” (Audiencia general 7 de diciembre de 2016).

El cambio de actitud también implica dejar a un lado el individualismo, salir del encierro personal y abrirnos a las necesidades de nuestros hermanos. Como comunidad de fe somos responsables del bienestar de todos, empezando por nuestra familia, el entorno más cercano y ampliando ese radio hacia nuestros vecinos, amigos y conocidos. Todos aquellos que se encuentran alrededor; no hay nada más importante que predicar con el ejemplo y cuando nuestros hijos nos ven actuando con solidaridad y amor aprenderán a ser solidarios y corresponsables de la felicidad de todos.

Al respecto su santidad Francisco también nos ilumina diciendo “La atención se centra después en los hermanos que mayormente corren el riesgo de perder la esperanza, de caer en la desesperación. Nosotros siempre tenemos noticias de gente que cae en la desesperación y hace cosas feas… La desesperación les lleva a muchas cosas feas. Es una referencia a quien ha sido desanimado, a quien es débil, a quien ha sido abatido por el peso de la vida y de las propias culpas y no consigue levantarse más. En estos casos, la cercanía y el calor de toda la Iglesia deben hacerse todavía más intensos y cariñosos, y deben asumir la forma exquisita de la compasión, que no es tener lástima: la compasión es padecer con el otro, sufrir con el otro, acercarme a quien sufre; una palabra, una caricia, pero que venga del corazón; esta es la compasión. Para quien tiene necesidad del conforto y la consolación. Esto es importante más que nunca: la esperanza cristiana no puede prescindir de la caridad genuina y concreta”. (Audiencia general 8-2-2017 sobre la Esperanza Cristiana)

Gaudium et Spes nos dice: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. GS.1

Podemos concluir que toda familia cristiana tiene como mayor fortaleza la Fe, que es el don maravilloso que proviene de la alegría de sabernos hermanos de Cristo, amados por Él y confiados en esa promesa debemos trasmitir a todas nuestras generaciones que nada es imposible para el Señor, aprender a esperar confiados, entregar todos nuestros proyectos ilusiones y preocupaciones en sus manos con la certeza del que cree, aprendamos a educar con Alegría y Esperanza. Aprendamos a soñar como nos dice el papa Francisco “Y, sobre todo, ¡sueña! No tengas miedo de soñar. ¡Sueña! Sueña con un mundo que todavía no se ve, pero que ciertamente vendrá. La esperanza nos lleva a creer en la existencia de una creación que se extiende hasta su cumplimiento definitivo, cuando Dios será todo en todos. Los hombres capaces de imaginar han regalado a la humanidad descubrimientos científicos y tecnológicos. Han surcado los océanos, y pisado tierras que nadie había pisado nunca. Los hombres que han cultivado esperanzas son también los que han vencido la esclavitud, y han traído mejores condiciones de vida a esta tierra. Piensa en esos hombres”. (Catequesis sobre Educar a la esperanza, Audiencia General Papa Francisco, 20-9-2017)

La Caridad, alma de la vida en Familia

La Caridad, alma de la vida en Familia

Si no alimentamos nuestra capacidad de gozar con el bien del otro y por el contrario, nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría, ya que como ha dicho Jesús «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35). Cuando una persona ama puede hacer un bien a otro.

El amor es paciente. Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía.

Es servicial. En todo el texto se ve que Pablo quiere insistir en que el amor no es sólo un sentimiento, sino que se debe entender en el sentido que tiene el verbo «amar» en hebreo: es «hacer el bien». Como decía san Ignacio de Loyola, «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras», así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir.

El amor no tiene envidia. En el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien de otro (cfr. Hch 7,9; 17,5). El amor nos hace salir de nosotros mismos, nos lleva a rechazar la injusticia de que algunos tengan demasiado y otros no tengan nada y nos mueve a buscar que también los descartables de la sociedad puedan tener un poco de alegría.

No obra con dureza. Para disponerse a un verdadero encuentro con el otro, se requiere una mirada amable puesta en él.

No busca su propio interés. «El que es tacaño consigo mismo, ¿con quién será generoso? […] Nadie peor que el avaro consigo mismo» (Si 14,5-6). Santo Tomás de Aquino nos ha dicho que «pertenece más a la caridad querer amar que querer ser amado».

No se irrita. La indignación es sana cuando nos lleva a reaccionar ante una grave injusticia, pero es dañina cuando tiende a impregnar todas nuestras actitudes ante los otros.

No lleva cuentas del mal. Perdón que intenta comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona, como Jesús cuando dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

No se alegra de la injusticia. Alegrarse con el bien de los demás, cuando se reconoce su dignidad, cuando se valoran sus capacidades y sus buenas obras.

Todo lo cree, confía: no es necesario controlar al otro, seguir minuciosamente sus pasos, para evitar que escape de nuestros brazos. El amor confía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar. Dar sin interés de adueñarse de la libertad del otro.

Aprender a vivir la crisis en Familia

Aprender a vivir la crisis en Familia

Realidad actual, de las crisis en las familias

La gente que valora en gran mayoría las relaciones familiares y desean permanecer en el tiempo, aseguran el respeto al otro.

La Iglesia debe ofrecer espacios de acompañamiento para la superación de conflictos, la educación de los hijos y el fortalecimiento de las relaciones interpersonales. Muchos estiman la fuerza de la gracia que experimentan en la reconciliación y la eucaristía.

Debemos abrir la puerta a una pastoral positiva, acogedora que posibilite una profundización gradual de las exigencias del Evangelio. Muchos no sienten que el mensaje de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia haya sido un claro reflejo de la predicación y de las actitudes de Jesús, que al mismo tiempo proponía un ideal exigente, nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como por ejemplo la Samaritana o la mujer adúltera. (A. L. 38)

Otro factor influyente es la decadencia cultural, que no promueve el amor y la entrega. Las consultas de los últimos dos Sínodos sacaron a la luz diversos síntomas de la “cultura de lo provisorio”. Creen que el amor como las redes sociales pueden conectarse y desconectarse a gusto del consumidor o bloquearlos rápidamente. Piensan también en el temor que despierta la perspectiva de un compromiso permanente, en la obsesión por el tiempo libre, en las relaciones que miden costos y beneficios, únicamente para remediar la soledad, para tener protección o recibir algún servicio. Se traslada a las relaciones afectivas a lo que sucede con los objetos y medio ambiente: todo descartable, cada uno usa y bota, gasta y rompe, aprovecha y estruja mientras sirva. Después ¡Adiós!

El Narcisismo vuelve a las personas incapaces de mirar más allá de sí mismas, de sus deseos y necesidades. Quien utiliza y manipula a los demás, tarde o temprano, recibe lo mismo: manipulación y abandono. (A.L. 39)

El manejo de las crisis en las familias,
según el papa francisco

Con la buena noticia de la presencia del Papa Francisco en Colombia en el mes de septiembre y como preparación a su visita, los invito a acoger su pensamiento sobre la crisis en la familia, fruto de Sínodo de los Obispos sobre la Familia, Exhortación Apostólica Postsinodal, La Alegría del Amor (Amoris Laetitia), del Papa Francisco (2016).

Desafío de las crisis

“Cada crisis implica un aprendizaje que permite incrementar la intensidad de la vida compartida, o al menos encontrar un nuevo sentido a la experiencia matrimonial. De ningún modo hay que resignarse a una curva descendente, a un deterioro inevitable, a una soportable mediocridad. Al contrario, cuando el matrimonio se asume como una tarea, que implica también superar obstáculos, cada crisis se percibe como la ocasión para llegar a beber juntos el mejor vino. Es bueno acompañar a los cónyuges para que puedan aceptar las crisis que lleguen, tomar el guante y hacerles un lugar en la vida familiar. Los matrimonios experimentados y formados deben estar dispuestos a acompañar a otros en este descubrimiento, de manera que las crisis no los asusten ni los lleven a tomar decisiones apresuradas. Cada crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón”. (A.L. 232)

La reacción inmediata es resistirse, ponerse a la defensiva por sentir que se escapa al propio control, porque muestra la insuficiencia de la propia manera de vivir, y eso incomoda. Entonces se usa el recurso de negar los problemas, esconderlos, relativizar su importancia, apostar sólo al paso del tiempo. Los vínculos se van deteriorando y se va consolidando un aislamiento que daña la intimidad y la dinámica familiar. En una crisis no asumida, lo que más se perjudica es la comunicación. (A.L. 233)

Para enfrentar una crisis se necesita estar presentes. Es difícil, porque a veces las personas se aíslan para no manifestar lo que sienten, se arrinconan en el silencio, es necesario crear espacios para comunicarse profundamente. Hay que ayudar a descubrir las causas más ocultas de los cónyuges, y a enfrentarlas como un parto que pasará y dejará un nuevo tesoro. Pero las respuestas a las consultas realizadas remarcan que en situaciones difíciles o críticas la mayoría no acude al acompañamiento pastoral, ya que no lo siente comprensivo, cercano, realista. Por eso, tratemos ahora de acercarnos a las crisis matrimoniales con una mirada que no ignore su carga de dolor y de angustia. (A.L. 234)

Hay crisis comunes que suelen ocurrir en todos los matrimonios: (1) al comienzo, cuando hay que aprender a compatibilizar las diferencias y desprenderse de los padres; (2) la llegada del hijo; (3) la de la crianza de los hijos; (4) la adolescencia del hijo, la cual desestabiliza ya que los enfrenta entre sí; (5) la del «nido vacío», que obliga a la pareja a mirarse nuevamente a sí misma; (6) la crisis que se origina en la vejez de los padres de los cónyuges, que reclaman más presencia y cuidados.

A esto se la suman las dificultades económicas, laborales, afectivas, sociales, espirituales, migratorias. Y se agregan circunstancias inesperadas que pueden alterar la vida familiar, y que exigen un camino de perdón y reconciliación. (A.L. 235)

Al mismo tiempo que intenta dar el paso del perdón con humildad; algunas familias sucumben cuando los cónyuges se culpan mutuamente, pero «la experiencia muestra que, con una ayuda adecuada (familiares, amigos y profesionales) y con la acción de reconciliación de la gracia, un gran porcentaje de crisis matrimoniales se superan de manera satisfactoria. (A.L. 236)

Se ha vuelto frecuente que, cuando uno siente que no recibe lo que desea, o que no se cumple lo que soñaba, eso parece ser suficiente para dar fin a un matrimonio; basta una insatisfacción, una ausencia en un momento en que se necesitaba al otro, un orgullo herido, la sensación de no ser completamente correspondido, los celos, las diferencias que surjan entre los dos, los nuevos intereses que tienden a apoderarse del corazón, los cambios físicos del cónyuge, y tantas otras cosas que atentan contra el amor y la estabilidad de esa pareja. (A.L. 237)

Conclusión

Las crisis se arreglan de manera satisfactoria con la ayuda adecuada y con la acción reconciliadora de la gracia. Saber perdonar y sentirse perdonados es una experiencia fundamental en la vida familiar.

Siempre hay dificultades, debemos enfrentarlas con empeño y con respuestas que transformen las problemáticas del mundo de hoy, ayudándonos a Encarnar el Evangelio dentro de la Familia, a su vez ellas contribuyan en el crecimiento de la Iglesia y fortalecimiento de la Sociedad.

Estrategias para la Comunicación en Familia

Estrategias para el buen uso de la
Comunicación en la Familia

La comunicación en la familia reviste un carácter de importancia no sólo por el hecho de su necesidad sino de su compresión, pues permite afianzar estrechos lazos. Cada familia crea su propio mundo, sus propios códigos, su mejor manera para comunicarse.

Aunque pueda haber dificultades, sin embargo, se debe hacer el mayor esfuerzo. La mejor vía para tener una familia unida, un espacio creado donde se viva intensamente los valores, definitivamente el camino acertado es la comunicación.

Potenciar la comunicación en el ambiente familiar es necesaria, para toda familia es de vital importancia siempre un buen dialogo familiar. La comunicación directa, honesta y respetuosa tiene un peso importante. Una buena comunicación significa saber hablar o decir las cosas, siendo mucho más que solo hablar. Comunicarse es observar, escuchar y comprender, por un lado y expresar, decir, pedir y actuar, por otro.

Aquí algunos consejos para fomentar la comunicación en la familia:

  • Observa el tipo de comunicación que llevas con tu familia, hazlo libre de juicios y culpabilidades.
  • La atención a cada miembro de la familia es vital, la escucha activa y reflexiva de sus intervenciones.
  • Ante las diversas ocupaciones tener capacidad de esperar la respuesta y a su vez agradecer la paciencia.
  • Comparte actividades lúdicas en familia los juegos nos permiten mostrar emociones y descubrir algunas situaciones que muchas veces se hacen difícil de comunicar.
  • La forma en que mires y el tono en que te diriges son tan o más importantes que las palabras. Una expresión fuera de tono cierra la comunicación.
  • Fomenta ocasiones para el diálogo en familia como, por ejemplo, sin televisión y sin teléfono móvil.
  • Identifica temas en común que sean de interés para todos y en los que se pueda apreciar los gustos por la música, el arte, las redes sociales, fotografías familiares, etc.
  • Expresarse con abrazos u otros gestos de afecto también son un modo de comunicar nuestras emociones.

Es importante destacar que son muchas las familias que no pueden tener esa comunicación a través de los gestos, el contacto físico, un abrazo, simplemente porque sus seres queridos han tenido que migrar, más sin embargo contamos con algunos medios de comunicación como son internet, videos llamadas, mensajes, entre otros, que han aliviado un poco a las familias para que no pierdan el contacto y les permite intercambiar ideas, situaciones, sentimientos y así se perpetua la comunicación entre ellos.

Conclusión

“La familia más hermosa, protagonista y no problema, es la que sabe comunicar, partiendo del testimonio, la belleza y la riqueza de la relación entre hombre y mujer, y entre padres e hijos. No luchamos para defender el pasado, sino que trabajamos con paciencia y confianza, en todos los ambientes en que vivimos cotidianamente, para construir el futuro”. (XLIX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, el 23 de enero de 2015)

Familias en migración

Familias en migración

La migración en la Familia de Hoy: podemos observar cómo altera la estructura y la manera de vivir los vínculos familiares, se desintegra la familia, es un reto a nuevas formas de relacionarse, para no perder el contacto, lo hacen a través de las redes (WhatsApp, Instagram, Facebook) o llamadas.

La migración: es un duelo a largo plazo que vive la familia, es un duelo por alguien que no ha muerto.

El emigrante se despide de:

  • Su familia.
  • Sus amistades.
  • Sus hábitos cotidianos.
  • Su idioma.
  • Su gastronomía.
  • Sus costumbres y tradiciones.

La familia:

  • Se despide de uno o varios de sus miembros.
  • Se altera el devenir cotidiano.
  • Aparece la preocupación por el bienestar del ausente.

Elementos compensatorios:

  • Esperanzas de mejoras económicas.
  • Oportunidades educativas y profesionales.
  • Nuevas libertades económicas, sociales y políticas.

La sagrada familia de Nazaret sintió en carne propia las dificultades de ser emigrante. las familias venezolanas pasan por una experiencia similar hoy, al ser forzados a dejar sus tierras para huir de la pobreza y la violencia, tal como lo hicieron María, José y Jesús, la gran mayoría de los emigrantes enfrentan el reto de adaptarse a una cultura diferente, de aprender a manejar nuevas maneras de hacer las cosas.

El proceso migratorio no es el final de la relación familiar, es un proceso temporal. Esta es una buena oportunidad de demostrar nuestra fe y confianza en Dios.

Tenemos que ser sembradores de esperanza

En Romanos 8,24-25 dice, porque solamente en esperanza estamos salvados, ahora bien, cuando se ve lo que se espera, ya no se espera más; ¿acaso se puede esperar lo que se ve? En cambio, si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con constancia. Quien tiene fe espera que se realice aquello que todavía no ve.

Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y de paz a ustedes que creen en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo. (Romanos 15,13)

Las personas que viven en esperanza son una gran fuente de inspiración lo podemos encontrar en un emigrante que deja todo en busca de una vida digna para su familia, y en los padres de familias que luchan por volver a reunirse con sus hijos.

Las migraciones representan otro signo de los tiempos que hay que afrontar y comprender con toda la carga de consecuencias sobre la vida familiar. La Iglesia ha tenido en este ámbito un papel importante. la necesidad de mantener y desarrollar este testimonio evangélico (Mt 25,35) “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso y me alojaron”. La movilidad humana, que corresponde al movimiento histórico natural de los pueblos, puede revelarse una autentica riqueza, tanto para la familia que emigra como para el país que la acoge. Amoris Laetitia (AL 46)

Acompañar a las familias del emigrante

Debemos alentar a las familias a crecer en la fe.

  • La familia debe apoyar al emigrante para minimizar la carga emocional de su separación.
  • Invitar a crear espacios de oración familiar y comunitario, La familia que reza unida permanece unida.
  • Crear grupos de familias con los hijos o familiares migrantes para apoyo mutuo.
  • Facilitar las comunicaciones internacionales.
  • Jornada de oración por los Emigrantes.

“La Iglesia es la familia de Dios en el mundo, en esta familia nadie debe sufrir por falta de lo necesario hay que abrir los ojos antes las necesidades de quienes nos rodean”.

Abrazo en Familia 2018

 
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