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Vía Crucis

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Vía Crucis

VÍA CRUCIS
Camino de la Cruz

“Vía Crucis” en latín o “Camino de la Cruz”. También se le llama estaciones de la cruz y vía dolorosa. Se trata de un camino de oración que busca adentrarnos en la meditación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo en su camino al Calvario. El camino se representa con una serie de imágenes de la pasión o “estaciones” correspondientes a incidentes particulares que Jesús sufrió por nuestra salvación.

Son 15 estaciones los que conforman el Vía Crucis, y en cada una, se fija un episodio de la pasión de Jesucristo. Estas estaciones tienen un núcleo central, expresado en un pasaje del evangelio o tomado de la tradición cristiana que propone la meditación de la pasión.

Las imágenes pueden ser pinturas o esculturas. Algunas representaciones son grandes obras de arte inspiradas por Dios para suscitar mayor comprensión del amor de Jesucristo y movernos a la conversión.

Las estaciones generalmente se colocan en intervalos en las paredes de la iglesia o en lugares reservados para la oración. Los santuarios, casas de retiros y otros lugares de oración suelen tener estaciones de la cruz en un terreno cercano. En los monasterios generalmente se encuentran en el claustro.

La finalidad de las estaciones es ayudarnos a unirnos al Señor haciendo una peregrinación espiritual a la Tierra Santa, a los momentos más señalados de su pasión y muerte redentora. Pasamos de ‘estación en estación’ meditando ciertas oraciones.

Vía Crucis

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Las 15 estaciones del Vía Crucis
Meditaciones de San Alfonso María Ligorio

Para todos los días:

Arrodíllate ante el altar, haz un ‘Acto de Contrición’, y forma la intención de ganar las indulgencias bien para ti, o para las almas en el purgatorio.

Después di:

Señor mío Jesucristo, vos anduvisteis con tan grande amor este camino para morir por mí, y yo os he ofendido tantas veces apartándome de vos por el pecado; mas ahora os amo con todo mi corazón, y porque os amo, me arrepiento sinceramente de todas las ofensas que os he hecho. Perdóname, Señor, y permíteme que os acompañe en este viaje. Vais a morir por mi amor, pues yo también quiero vivir y morir por el vuestro, amado Redentor mío. Sí, Jesús mío, quiero vivir siempre y morir unido a vos.

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Primera Estación - Jesús sentenciado a muerte

Primera Estación
Jesús sentenciado a muerte

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo Jesús, después de haber sido azotado y coronado de espinos, fue injustamente sentenciado por Pilato a morir crucificado.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

Adorado Jesús mío: mis pecados fueron más bien que Pilato, los que os sentenciaron a muerte. Por los méritos de este doloroso paso, os suplico me asistáis en el camino que va recorriendo mi alma para la eternidad. Os amo, ¡oh, Jesús mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Segunda Estación - Jesús es cargado con la cruz

Segunda Estación
Jesús es cargado con la cruz

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo Jesús, andando este camino con la cruz a cuestas, iba pensando en ti y ofreciendo a su Padre por tu salvación la muerte que iba a padecer.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

Amabilísimo Jesús mío: abrazo todas las tribulaciones que me tenéis destinadas hasta la muerte, y os ruego, por los méritos de la pena que sufristeis llevando vuestra cruz, me deis fuerza para llevar la mía con perfecta paciencia y resignación. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Tercera Estación - Jesús cae la primera vez debajo de la cruz

Tercera Estación
Jesús cae la primera vez
debajo de la cruz

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera esta primera caída de Jesús debajo de la cruz. Sus carnes estaban despedazadas por los azotes; su cabeza coronada de espinas, y había ya derramado mucha sangre, por lo cual estaba tan débil, que apenas podía caminar; llevaba al mismo tiempo aquel enorme peso sobre sus hombros y los soldados le empujaban; de modo que muchas veces desfalleció y cayó en este camino.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

Amado Jesús mío: más que el peso de la cruz, son mis pecados los que os hacen sufrir tantas penas. Por los méritos de esta primera caída, libradme de incurrir en pecado mortal. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Cuarta Estación - Jesús encuentra a su afligida madre

Cuarta Estación
Jesús encuentra a
su afligida madre

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera el encuentro del Hijo con su Madre en este camino. Se miraron mutuamente Jesús y María, y sus miradas fueran otras tantas flechas que traspasaron sus amantes corazones.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

Amantísimo Jesús mío: por la pena que experimentasteis en este encuentro, concededme la gracia de ser verdadero devoto de vuestra Santísima Madre. Y vos, mi afligida Reina, que fuisteis abrumada de dolor, alcanzadme con vuestra intercesión una continua y amorosa memoria de la pasión de vuestro Hijo. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Quinta Estación - Simón ayuda a Jesús a llevar la cruz

Quinta Estación
Simón ayuda a Jesús
a llevar la cruz

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo los judíos, al ver que Jesús iba desfalleciendo cada vez más, temieron que se les muriese en el camino y, como deseaban verle morir de la muerte infame de cruz, obligaron a Simón el Cirineo a que le ayudase a llevar aquel pesado madero.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

Dulcísimo Jesús mío: no quiero rehusar la cruz, como lo hizo el Cirineo, antes bien la acepto y la abrazo; acepto en particular la muerte que tengáis destinada para mí, con todas las penas que la han de acompañar, la uno a la vuestra, y os la ofrezco. Vos habéis querido morir por mi amor, yo quiero morir por el vuestro y por daros gusto; ayudadme con vuestra gracia. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Sexta Estación - La Verónica limpia el rostro de Jesús

Sexta Estación
La Verónica limpia
el rostro de Jesús

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo la devoto mujer Verónica, al ver a Jesús tan fatigado y con el rostro bañado en sudar y sangre, le ofreció un lienzo. Y limpiándose con él nuestro Señor, quedó impreso en éste su santa imagen.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

Amado Jesús mío: en otro tiempo vuestro rostro era hermosísimo; mas en este doloroso viaje, las heridas y la sangre han cambiado en fealdad su hermosura. ¡Ah, Señor mío!, también mi alma quedó hermosa a vuestros ojos cuando recibí la gracia del bautismo, mas yo la he desfigurado después con mis pecados. vos sólo, ¡oh, Redentor mío!, podéis restituirle su belleza pasada, hacedlo por los méritos de vuestra pasión. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Séptima Estación - Jesús cae la segunda vez con la cruz

Séptima Estación
Jesús cae la segunda
vez con la cruz

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera la segunda caída de Jesús debajo de la cruz, en la cual se le renueva el dolor de las heridas de su cabeza y de todo su cuerpo al afligido Señor.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

¡Oh, pacientísimo Jesús mío! vos tantas veces me habéis perdonado, y yo he vuelto a caer y a ofenderos. Ayudadme, por los méritos de esta nueva caída, a perseverar en vuestra gracia hasta la muerte. Haced que en todas las tentaciones que me asalten, siempre y prontamente me encomiende a vos. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Octava Estación - Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús

Octava Estación
Las mujeres de Jerusalén
lloran por Jesús

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo algunas piadosas mujeres, viendo a Jesús en tan lastimosa estado, que iba derramando sangre por el camino, lloraban de compasión; mas Jesús les dijo: no lloréis por mí, sino por vosotras mismas y por vuestros hijos.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

Afligido Jesús mío: lloro las ofensas que os he hecho, por los castigos que me han merecido, pero mucho más por el disgusto que os he dado a vos, que tan ardientemente me habéis amado. No es tanto el infierno, como vuestro amor, el que me hace llorar mis pecados. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Novena Estación - Jesús cae por tercera vez con la cruz

Novena Estación
Jesús cae por tercera
vez con la cruz

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera la tercera caída de Jesucristo. Extremada era su debilidad y excesiva la crueldad de los verdugos, que querían hacerle apresurar el paso, cuando apenas le quedaba aliento para moverse.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

Atormentado Jesús mío: por los méritos de la debilidad que quisisteis padecer en vuestro camino al Calvario, dadme la fortaleza necesaria para vencer los respetos humanos y todos mis desordenados y perversos apetitos, que me han hecho despreciar vuestra amistad. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Décima Estación - Jesús es despojado de sus vestiduras

Décima Estación
Jesús es despojado
de sus vestiduras

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo al ser despojado Jesús de sus vestiduras por los verdugos, estando la túnica interior pegada a las carnes desolladas por los azotes, le arrancaran también con ella la piel de su sagrado cuerpo. Compadece a tu Señor y dile:

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

Inocente Jesús mío: por los méritos del dolor que entonces sufristeis, ayudadme a desnudarme de todos los afectos a las cosas terrenas, para que pueda yo poner todo mi amor en vos, que tan digno sois de ser amado. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Undécima Estación - Jesús es clavado en la cruz

Undécima Estación
Jesús es clavado en la cruz

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo Jesús, tendido sobre la cruz, alarga sus pies y manos y ofrece al Eterno Padre el sacrificio de su vida por nuestra salvación; le enclavan aquellos bárbaros verdugos y después levantan la cruz en alto, dejándole morir de dolor, sobre aquel patíbulo infame.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

¡Oh, despreciado Jesús mío!, clavad mi corazón a vuestros pies para que quede siempre ahí amándoos y no os deje más. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido: no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez: haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Duodécima Segunda Estación - Jesús muere en la cruz

Duodécima Estación
Jesús muere en la cruz

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo Jesús, después de tres horas de agonía, consumido de dolores y exhausto de fuerzas su cuerpo, inclina la cabeza y expía en la cruz.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

¡Oh, difunto Jesús mío!, beso enternecido esa cruz en que por mí habéis muerto. Yo, por mis pecados, tenía merecida una mala muerte, mas la vuestra es mi esperanza. Ea, pues, Señor, por los méritos de vuestra santísima muerte, concededme la gracia de morir abrazado a vuestros pies y consumido por vuestro amor. En vuestras manos encomiendo mi alma. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Decimotercera Estación - Jesús es bajado de la cruz

Decimotercera Estación
Jesús es bajado de la cruz

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo, habiendo expirado ya el Señor, le bajaron de la cruz dos de sus discípulos, José y Nicodemo, y le depositaran en los brazos de su afligida Madre, María, que le recibió con ternura y le estrechó contra su pecho traspasado de dolor.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

¡Oh, Madre afligida! Por el amor de este Hijo, admitidme por vuestro siervo y rogadle por mí. Y vos, Redentor mío, ya que habéis querido morir por mí, recibidme en el número de los que os aman más de veras, pues yo no quiero amar nada fuera de vos. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Decimocuarta Estación - Jesús colocado en el sepulcro

Decimocuarta Estación
Jesús colocado en el sepulcro

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Considera cómo los discípulos llevaron a enterrar o Jesús, acompañándole también su Santísima Madre, que le depositó en el sepulcro con sus propias manos. Después cerraron la puerta del sepulcro y se retiraron.

Se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio.

¡Oh, Jesús mío sepultado! Beso esa losa que os encierra. vos resucitasteis después de tres días; por vuestra resurrección os pido y os suplico me hagáis resucitar glorioso en el día del juicio final para estar eternamente con vos en la gloria, amándoos y bendiciéndoos. Os amo, ¡oh, Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Amado Jesús mío,
por mí vas a la muerte,
quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor;
perdón y gracia imploro,
transido de dolor.

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Decimoquinta Estación - Jesús sentenciado a muerte

Decimoquinta Estación
Jesús resucita de
entre los muertos

Pasó el sábado, y las mujeres piadosas acudieron al sepulcro, pero encontraron la piedra movida. Entraron en el sepulcro y no hallaron el cuerpo del Señor, pero vieron a un ángel que les dijo: “Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí”. Pronto comenzaron las apariciones de Jesús resucitado: la primera, sin duda, a su Madre; luego, a la Magdalena, a Simón Pedro, a los discípulos de Emaús, al grupo de los apóstoles reunidos y las siguientes apariciones.

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Vía Crucis

Promesas para los devotos del Vía Crucis

El hermano Estanislao (1903 - 1927)

A la edad de 18 años, un joven español ingresó al noviciado de los “Hermanos de las Escuelas Cristianas”, en Bugedo - España. En la vida religiosa, este joven tomó los votos de religión que son: el cumplimiento de los reglamentos, avanzar en la perfección cristiana y alcanzar el amor puro. El mes de octubre de 1926, este hermano se ofreció a Jesús por medio de María Santísima. Poco después de haber hecho esta donación heroica de sí mismo, el joven religioso se enfermó y fue obligado a descansar. Murió santamente el mes de marzo, 1927.

Según el maestro de novicios, este religioso era un alma escogida de Dios que recibía mensajes del cielo. Los confesores del joven, así como los teólogos, reconocieron estos hechos sobrenaturales como actos insignes. El joven se llamaba hermano Estanislao. El director espiritual del hermano Estanislao le había ordenado escribir todas las promesas transmitidas por nuestro Señor. Esto sería para el bien espiritual de los que fueran devotos del Vía Crucis. Las promesas son las siguientes:

Promesas para los devotos del Vía Crucis

  1. Yo concederé todo cuanto se me pidiere con fe, durante el Vía Crucis.
  2. Yo prometo la vida eterna a los que, de vez en cuando, se aplican a rezar el Vía Crucis.
  3. Durante la vida, yo les acompañaré en todo lugar y tendrán mi ayuda especial en la hora de la muerte.
  4. Aunque tuvieran más pecados que las hojas de la hierba que crece en los campos, y más que los granos de arena en el mar, todos serán borrados por medio de esta devoción al Vía Crucis. (Nota: Esta devoción no elimina la obligación de confesar los pecados mortales. Se debe confesar antes de recibir la Santa Comunión).
  5. Los que acostumbran rezar el Vía Crucis frecuentemente, gozarán de una gloria extraordinaria en el Cielo.
  6. Después de la muerte, si estos devotos llegasen al purgatorio, yo los libraré de ese lugar de expiación, el primer martes o viernes después de morir.
  7. Yo bendeciré a estas almas cada vez que rezan el Vía Crucis; y mi bendición les acompañará en todas partes de la tierra. Después de la muerte, gozarán de esta bendición en el Cielo, por toda la eternidad.
  8. A la hora de la muerte, no permitiré que sean sujetos a la tentación del demonio. Al espíritu maligno le despojaré de todo poder sobre estas almas. Así podrán reposar tranquilamente en mis brazos.
  9. Si lo rezan con verdadero amor, serán altamente premiados. Es decir, convertiré a cada una de estas almas en copón viviente, donde me complaceré en derramar mi gracia.
  10. Fijaré la mirada de mis ojos sobre aquellas almas que rezan el Vía Crucis con frecuencia y mis manos estarán siempre abiertas para protegerlas.
  11. Así como yo fui clavado en la cruz, igualmente estaré siempre muy unido a los que me honran con el rezo frecuente del Vía Crucis.
  12. Los devotos del Vía Crucis nunca se separarán de mí porque yo les daré la gracia de jamás cometer un pecado mortal.
  13. En la hora de la muerte, yo les consolaré con mi presencia, e iremos juntos al cielo. La muerte será dulce para todos los que me han honrado durante la vida con el rezo del Vía Crucis.
  14. Para estos devotos del Vía Crucis, mi alma será un escudo de protección que siempre les prestará el auxilio cuando recurran a mí.
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Vía Crucis

Indulgencias del Vía Crucis

En la reforma de indulgencias han quitado las indulgencias plenarias diarias, que había muchas, y han dejado cuatro. Nada más que cuatro. Que son: rezar el rosario en común o delante del Sagrario, media hora de oración delante del Santísimo, media hora de lectura de Biblia y hacer el Vía Crucis. Cualquiera de estas cuatro cosas tiene indulgencia plenaria cada día.

Una de las reformas es que sólo se puede ganar una indulgencia plenaria al día. Antes había las «Toties quoties» como la Porciúncula; que podías ganar un montón de indulgencias plenarias en un día. Ahora no. La Iglesia ha decidido dejar una sola plenaria al día.

Hacer la obra indulgenciada y después, ¿qué condiciones? Pues hay que confesar los ocho días antes o los ocho días después. Si confieso cada quince días, vale. Una comunión por cada indulgencia plenaria. Si comulgo todos los días, vale. Hay que rezar algo por el Papa. Un Padrenuestro, un Avemaría y el Gloria por las intenciones del Papa, que los rezamos siempre, después del Vía Crucis.

Observemos que las condiciones no pueden ser más sencillas. Si yo todos los días hago un acto que tenga indulgencia plenaria, yo puedo sacar un alma del purgatorio cada día. Fijémonos si esto no es fenomenal. Basta que me preocupe de rezar el rosario delante del Santísimo o en común; media hora de oración delante del Santísimo, que lo hacen montones de personas; leer la Biblia durante media hora o el Vía Crucis. Con que te preocupes un poquitín, puedes sacar del purgatorio un alma al día.

Sacar almas del purgatorio es una obra de caridad impresionante. Y después lo que significa tener en el cielo ese ejército de amigos que saben que tú los sacaste del purgatorio. Fíjate cómo estarán pidiendo a Dios por tus necesidades. Esto que señalamos, de preocuparse de las almas del purgatorio, es interesantísimo, por lo que tiene de caridad. Podemos aplicarla a un ser querido; pero también podemos dejarla en manos de Dios y de la Virgen para que las apliquen a las almas más necesitadas del purgatorio.

Las normas para obtener indulgencias plenarias del Vía Crucis son:

  1. Deben hacerse ante estaciones del Vía Crucis erigidas según la ley.
  2. Deben haber catorce cruces. Para ayudar en la devoción estas cruces están normalmente adjuntas a catorce imágenes o tablas representando las estaciones de Jerusalén.
  3. Las estaciones consisten en catorce piadosas lecturas con oraciones vocales. Pero para hacer estos ejercicios sólo se requiere que se medite devotamente la pasión y muerte del Señor. No se requiere la meditación de cada misterio de las estaciones.
  4. El movimiento de una estación a la otra. Si no es posible a todos los presente hacer este movimiento sin causar desorden al hacerse las estaciones públicamente, es suficiente que la persona que lo dirige se mueva de estación a estación mientras los otros permanecen en su lugar.
  5. Las personas que están legítimamente impedidas de satisfacer los requisitos anteriormente indicados, pueden obtener indulgencias si al menos pasan algún tiempo, por ejemplo, quince minutos en la lectura devota y la meditación de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo.
  6. Otros ejercicios de devoción son equivalentes a las estaciones del Vía Crucis, aun en cuanto a indulgencias, si éstos nos recuerdan la pasión y muerte del Señor y están aprobados por una autoridad competente.
  7. Para otros ritos. Los patriarcas pueden establecer otros ejercicios devotos en memoria de la pasión y muerte de nuestro Señor, en manera similar a las estaciones del Vía Crucis.

Los requisitos de arriba son necesarios para obtener las indulgencias, pero siempre que se hacen las estaciones con devoción en cualquier lugar, ya sea públicamente o en privado, se obtendrán muchas gracias. Claro que deben hacerse de corazón, con sincera intención de conversión.

Las estaciones del Vía Crucis se pueden hacer con gran beneficio todo el año y son especialmente significativas durante la Cuaresma. Cada viernes santo, el Santo Padre dirige las estaciones del Vía Crucis desde el Coliseo en Roma para recordar a los mártires y nuestro llamado a seguir sus pasos.

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Vía Crucis

Historia del Vía Crucis

La costumbre de rezar las estaciones del Vía Crucis posiblemente comenzó en Jerusalén. Ciertos lugares de la Vía Dolorosa (aunque no se llamó así antes del siglo XVI), fueron reverentemente marcados desde los primeros siglos. Hacer allí las estaciones del Vía Crucis se convirtió en la meta de muchos peregrinos desde la época del emperador Constantino (Siglo IV).

Según la tradición, la Santísima Virgen visitaba diariamente las estaciones originales, y el padre de la Iglesia, San Jerónimo, nos habla de multitud de peregrinos de todos los países que visitaban los lugares santos en su tiempo. Sin embargo, no existe prueba de una forma fija para esta devoción en los primeros siglos.

Desde el siglo XII los peregrinos escriben sobre la “Vía Sacra”, como una ruta por la que pasaban recordando la pasión. No sabemos cuándo surgieron las estaciones según las conocemos hoy, ni cuando se les comenzó a conceder indulgencias, pero probablemente fueron los Franciscanos los primeros en establecer el Vía Crucis, porque a ellos se les concedió en 1342 la custodia de los lugares más preciados de Tierra Santa. Tampoco está claro en cual dirección se recorrían porque, según parece, hasta el siglo XV muchos lo hacían comenzando en el Monte Calvario y retrocediendo hasta la casa de Pilato.

Ferraris menciona las siguientes estaciones con indulgencias: 1) El lugar donde Jesús se encuentra con su Madre. 2) Donde Jesús habló con las mujeres de Jerusalén. 3) Donde se encontró con Simón Cirineo. 4) Donde los soldados se sortean sus vestiduras. 5) Donde fue crucificado. 6) La casa de Pilato. 7) El Santo Sepulcro.

Muchos peregrinos no podían ir a Tierra Santa, ya sea por la distancia y difíciles comunicaciones, o por las invasiones de los musulmanes que por siglos dominaron esas tierras y perseguían a los cristianos. Así creció la necesidad de representar la Tierra Santa en otros lugares más asequibles e ir a ellos en peregrinación. En varios lugares de Europa se construyeron representaciones de los más importantes santuarios de Jerusalén.

En los siglos XV y XVI se erigieron estaciones en diferentes partes de Europa. El Beato Álvarez (m.1420), en su regreso de Tierra Santa construyó una serie de pequeñas capillas en el convento dominico de Córdoba, en las que se pintaron las principales escenas de la pasión en forma de estaciones. Por la misma época, la Beata Eustochia, Clarisa, construyó estaciones similares en su convento en Messina. Hay otros ejemplos, sin embargo, la primera vez que se conoce el uso de la palabra “Estaciones” siendo utilizada en el sentido actual del Vía Crucis se encuentra en la narración del peregrino inglés Guillermo Wey, sobre sus visitas a la Tierra Santa en 1458 y en 1462. Wey ya menciona catorce estaciones, pero sólo cinco de ellas corresponden a las que se usan hoy día, mientras que siete sólo se refieren remotamente a la pasión.

Por la dificultad creciente de visitar la Tierra Santa bajo dominio musulmán, las estaciones del Vía Crucis y diferentes manuales para rezar en ellas se difundieron por Europa. Las estaciones tal como las conocemos hoy fueron aparentemente influenciadas por el libro “Jerusalén sicut Christi tempore floruit”, escrito por un tal Adrichomius en 1584. En este libro el Vía Crucis tiene doce estaciones y éstas corresponden exactamente a nuestras primeras doce. Parece entonces que el Vía Crucis, como lo conocemos hoy, surge de las representaciones procedentes de Europa.

Pocas de las estaciones en los tiempos medievales mencionan la segunda (Jesús carga con la cruz), ni la décima (Jesús es despojado de sus vestiduras). Por otro lado, algunas que hoy no aparecen eran antes más comunes. Entre estas, el balcón desde donde Pilato pronunció Ecce Homo (he aquí al hombre).

En el año 1837, la Sagrada Congregación para las Indulgencias precisó que, aunque no había obligación, es más apropiado que las estaciones comiencen en el lado en que se proclama el Evangelio. Pero esto puede variar según la estructura de la iglesia y la posición de las imágenes en las estaciones. La procesión debe seguir a Cristo más bien que encontrarse de frente con Él.

Comprendiendo la dificultad de peregrinar a la Tierra Santa, el Papa Inocente XI en 1686 concedió a los Franciscanos el derecho de erigir estaciones en sus iglesias, y declaró que todas las indulgencias anteriormente obtenidas por devotamente visitar los lugares de la pasión del Señor en Tierra Santa, las podían en adelante ganar los Franciscanos y otros afiliados a la orden haciendo las estaciones del Vía Crucis en sus propias iglesias, según la forma acostumbrada. Inocente XII confirmó este privilegio en 1694 y Benedicto XIII en 1726 lo extendió a todos los fieles. En 1731 Clemente XII lo extendió aún más, permitiendo las indulgencias en todas las iglesias, siempre que las estaciones fueran erigidas por un padre Franciscano con la sanción del ordinario (obispo local). Al mismo tiempo definitivamente fijó en catorce el número de estaciones. Benedicto XIV en 1742 exhortó a todos los sacerdotes a enriquecer sus iglesias con el rico tesoro de las estaciones del Vía Crucis. En 1857 los obispos de Inglaterra recibieron facultades de la Santa Sede para erigir ellos mismos las estaciones con indulgencias cuando no hubiese Franciscanos. En 1862 se quitó esta última restricción y los obispos obtuvieron permiso para erigir las estaciones, ya sea personalmente o por delegación, siempre que fuese dentro de su Diócesis.

Vía Crucis

 
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