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Fábulas de Navidad

TEMAS DE INTERÉS

Sagrada Familia | Navidad

FÁBULAS DE NAVIDAD

El sueño de María

– “Tuve un sueño, José, no lo pude comprender, realmente no, pero creo que se trataba del nacimiento de nuestro Hijo, creo que sí, era acerca de eso”.

– “La gente estaba haciendo los preparativos con seis semanas de anticipación, decoraban las casas y compraban ropa nueva”.

– “Salían de compras muchas veces y adquirían elaborados regalos”.

– “Era muy peculiar, ya que todos los regalos no eran para nuestro Hijo. Los envolvían con hermosos papeles y los ataban con preciosos moños, todo lo colocaban debajo de un árbol. Sí, un árbol, José, dentro de una casa”.

– “Esta gente estaba decorando el árbol también. Las ramas llenas de esferas y adornos que brillaban”.

– “Había una figura en lo alto del árbol, me parecía ver una estrella o un ángel. ¡Oh, era verdaderamente hermoso!”

– “Toda la gente estaba feliz y sonriente. Todos estaban emocionados por los regalos; se los intercambiaban unos con otros, José, pero no quedó alguno para nuestro Hijo”.

– “Sabes, creo que ni siquiera lo conocen, pues nunca mencionaron su nombre. ¿No te parece extraño que la gente se meta en tantos problemas para celebrar el cumpleaños de alguien que ni siquiera conocen?”

– “Tuve la extraña sensación de que si nuestro Hijo hubiera estado en la celebración, hubiese sido un intruso solamente. Todo estaba tan hermoso, José, y todos tan felices, pero yo sentí enormes ganas de llorar”.

– “Que tristeza para Jesús no querer ser deseado en su propia fiesta de cumpleaños. Estoy contenta porque sólo fue un sueño, pero que terrible, José, si esto hubiera sido realidad”.

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Pesebre | Navidad

Lo que aprendió un viajero

Un viajero llegó a una tierra que no conocía. De inmediato le llamó la atención la hermosura del lugar, de sus arroyos y sus campos. Habiendo caminado un rato, comenzó a vislumbrar las casas de un sencillo poblado. Las casas coloridas con las puertas abiertas de par en par irradiaban un aire de paz y alegría. Al viajero le resultaba difícil creerlo… ¡él venía de un lugar tan distinto!

Poco a poco se siguió acercando. Vio unos niños jugando y a sus padres que salían a su encuentro y con una enorme sonrisa le invitaron a quedarse con ellos unos días.

El viajero aprendió muchas cosas, por ejemplo a hornear el pan, a trabajar la tierra, a ordeñar las vacas… pero había una que le llenaba de curiosidad. Cada día, a veces en varias ocasiones, los miembros de la familia se acercaban a una mesita donde habían colocado las figuras de María y José, junto a un burrito color marrón y una vaca; y muy despacito dejaban una pajita entre María y José. Con el correr de los días la cantidad de pajitas iba aumentando e iban formando un colchoncito que se iba haciendo cada vez a más comodito.

Cuando le llegó al viajero el momento de partir, la familia le entregó un pan calientito y frutas para el camino, lo abrazaron y se despidieron. Ya se iba cuando, dándose vuelta, les dijo:

– “Quisiera hacerles una pregunta antes de marcharme… ¿Por qué iban dejando esas pajitas a los pies de María y José?”

Todos sonrieron, y el niño más pequeño le dijo:

– “Cada vez que hacemos algo con amor, buscamos una pajita y la llevamos al pesebre. Así vamos preparando para que cuando llegue el niñito Jesús, María tenga un buen lugar para recostarlo. Si amamos poco, el colchón va a ser un colchón delgado y por lo mismo frío; pero si amamos mucho, Jesús va a estar más cómodo y calientito”.

Por fin el viajero pareció comprenderlo todo y sintió ganas de quedarse con esa familia hasta la Nochebuena. Pero una voz adentro suyo lo invitó a llevar por otros pueblos el maravilloso mensaje de amor que había aprendido de esta sencilla familia… Aprendamos nosotros también y tengamos reservado en nuestros hogares un lugar calientito y cómodo donde María pueda recostar al Niñito Jesús el día de Navidad.

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Compras | Navidad

Navidad es Navidad

La Navidad se dice que es la celebración del nacimiento del Niño Dios, que es tiempo de amor y de paz, donde hay que olvidar rencores y perdonar. Pero Navidad es Navidad. Cada uno lo celebra y vive a su manera, y hoy en día más que un acontecimiento espiritual, es un hecho comercial.

Para unos Navidad es tiempo de reposo, descanso, vacaciones, en cambio otros deben trabajar más de lo acostumbrado porque algunos de sus compañeros se fueron de vacaciones a “celebrar la Navidad”. Algunos llenan sus casas, las calles y parques de la ciudad de luces, se ven hermosos con coloridos que anuncian gozo y alegría, mientras otros ni siquiera tienen energía eléctrica.

Muchos preparan una gran cena en la noche de Navidad, es un banquete especial, mientras muchos otros no tienen un pan. En Navidad se ve a muchos niños reír, abriendo sus regalos y gozando de sus juguetes, pero también he visto a muchos niños llorar, porque no tienen un juguete.

Si esto es la Navidad, no quisiera que llegue diciembre, porque muchos se olvidan del Niño Dios; se hace tanta bulla y alboroto por las cosas que hay que comprar y por las que no se pueden comprar; la alegría, la risa, el despilfarro de los que tienen dinero se enfrentan a la rabia, la envidia y el llanto de los que no lo tienen. Me podrán decir que esto no sucede sólo en Navidad, que todos los días se viven estas contrariedades. Sí, es verdad, porque todos los días nace el Señor. Como le dijo Simeón a María, refiriéndose al Niño: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”. (Lc 2,34-35).

Me decía un amigo: para mí todos los días es Navidad, pues todos los días nace el Señor; no tengo que esperar que llegue diciembre para darle un abrazo a mi padre, a mi hermano o a mi amigo, y desearle que la paz y el amor de Dios habiten en sus corazones; estoy siempre dispuesto a perdonar a quien me ha ofendido, sin esperar todo un año para abrazarnos y perdonarnos; siempre que puedo hago una obra de caridad y comparto lo que tengo con quien realmente sé que lo necesita.

Algunas veces he compartido con niños y he visto en esas caritas tristes unos labios sonreír y unos ojos con mirada de esperanza, por qué esperar diciembre para mostrarles nuestro afecto, no necesito salir en las páginas sociales de los periódicos, porque Dios sabe cómo vivo y lo que hago, y eso es lo único que me interesa.

Sabes, me encantan los poemas, los mensajes y las tarjetas; es una lástima que sólo me lleguen en diciembre, pero yo con mi vida hago el esfuerzo para ser un mensaje viviente de amor, justicia, paz y esperanza cada día. Viviendo así he llegado a la conclusión de que todos los días es Navidad, pues cada día mi corazón experimenta el amor y la paz de Dios. Cuando participo en la Eucaristía y recibo a Jesús me pregunto si se sentirá cómodo en este pesebre que es mi corazón. No te olvides, todos los días nace el Señor y Navidad es Navidad.

Cuando mi amigo se fue, me dije si esto es la Navidad, quisiera que se llegue diciembre para darle gracias a Dios celebrando con gozo y alegría el nacimiento de su Hijo, que durante el año me ha ayudado a vivir en el amor y la paz que un día nos trajo.

No olvidemos que Simeón profetizó a Jesús como signo de contradicción, y que su presencia pondría al descubierto las intenciones de muchos corazones; que Jesús ha venido a salvar al pueblo de sus pecados y es el Emmanuel: Dios con nosotros, y que los ángeles cantan: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

Navidad es Navidad, año tras año cada uno lo seguirá viviendo a su manera, y tú ¿cómo la vivirás? La puedes vivir un solo día al año o todos los días del año. La decisión es tuya.

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Tienda del cielo

La tienda del cielo

Con motivo de la Navidad fui de compras buscando cuales serían los regalos que necesitaba adquirir para mis seres queridos. Buscaba algo diferente este año.

Un regalo que al recibirlo les causara alegría, satisfacción y que pudieran utilizar por toda su vida. Finalmente, después de varios días de estar buscando vi un letrero que decía ‘La tienda del cielo’, me fui acercando y la puerta se fue abriendo. Cuando me di cuenta ya estaba adentro.

Me recibió un ángel dándome una canasta y me dijo: “Compra con cuidado, todo lo que un cristiano necesita estaba en aquella tienda”.

Y agregó el ángel: “lo que no puedas llevar ahora, lo podrás llevar después”. Primero compré paciencia, también el amor, estaba en la última estantería, más abajo estaba el gozo, para estar siempre alegre.

Compre dos cajas de paz para mantenerme tranquilo y dos bolsas repletas de fe para los retos de próximo año. Recordé que necesitaba mostrar benignidad, bondad y mansedumbre con mis semejantes; así mismo, no podía olvidarme la templanza necesaria para controlar mi temperamento en todo momento de modo que compre una de cada una.

– Llegué por fin a la salida y le pregunté al ángel: “¿Cuánto le debo?. Él me sonrió y me respondió: Hijo Mío, ¡Jesús pagó tu deuda hace mucho tiempo!”.

– “Hijo, tú eres la tienda y puedes abrirla todos los días, el ángel soy yo, el Espíritu Divino que mora dentro de ti, y los regalos son el fruto del Espíritu. Antes que despiertes de tu sueño quiero compartirte el verdadero sentido de la Navidad”.

– “Escucha con cuidado. Estos regalos son especiales para esta ocasión, pero si los abres durante todo el año, te producirán gran gozo a ti y a los que se los compartas. Más importante aún. Te has dado cuenta que tu hijo (a) hace más caso de lo que le enseñas con el ejemplo de que lo que le dices que haga. Bueno, si tú empiezas abrir estos regalos durante todo el año, él (ella) te va empezar a imitar y así sus hijos y los hijos de sus hijos. Cuando despiertes, comparte este sueño con todas las personas que puedas”.

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Viejo gruñón

Su primera Navidad

Mientras todos los niños ayudaban en sus casas en los preparativos para la Nochebuena, Pedro, de 7 años de edad, trabajaba en la joyería de Don Juan para ayudar con el sostenimiento de su casa. Don Juan era un joyero de mucho dinero, pero al mismo tiempo, un hombre sin familia, a quien solamente le importaba el dinero y miraba a Pedro como un simple trabajador más, no como un niño.

El día de Navidad Pedro quería retirarse temprano del trabajo para comprar algunas cosas para la cena y ayudar a su mamá. Contemplando en la ventana como algunos niños jugaban, Pedro escuchó un grito que lo hizo temblar:

– “¡Pedro!”, gritó Don Juan.

– “Sí, señor”, respondió él.

– “¿Qué haces mirando por la ventana? Aún no terminas tu trabajo”.

– Pedro contestó: “¡Hoy es Navidad! Hoy es el cumpleaños del Niño Jesús, hoy es un día muy especial”.

– “¡Pues a mí no me importa! ¡Crees que hoy vas a poder escaparte más temprano de tus deberes, trabaja mejor!”, replicó.

– “Pero, Don Juan, hoy quería comprar algunas cosas para la cena de Navidad”, suplicó el niño.

– “¡Para la cena de Navidad!”, se burló el joyero. “Tú lo único que quieres es escaparte más temprano. Hoy es un día común y corriente; mejor sigue trabajando si quieres mantener tu empleo”.

– “Sí, Don Juan”, contestó Pedro muy triste.

El niño continuó trabajando, con lágrimas en los ojos. Su corazón estaba muy triste y angustiado y temía que Don Juan no lo dejase pasar Navidad junto a su familia. En medio de ese aterrador pensamiento, elevó una plegaria a la Virgen María pidiéndole su intercesión para que pudiese pasar una linda Navidad con su familia.

Poco después, Don Juan inesperadamente gritó tan fuerte que casi se le sale el corazón a Pedro.

– “¡Pedro, Pedro, ven apúrate!” Gritaba el joyero horrorizado.

– “Don Juan, ¿qué le pasa? Preguntó”.

Don Juan asustado abraza a Pedro y le dice:

– “Vi un fantasma, vi un fantasma”.

Pedro miró para todos lados en la habitación de Don Juan y no vio nada.

– “Cálmese, dijo. Yo no veo nada”.

– “¿Me estás tratando de mentiroso?”, exclamó el anciano.

– “No, Don Juan, disculpe no quise decir eso”.

– “¡Sigue trabando mejor! Fue una pesadilla ¡Sigue trabajando!”

Don Juan seguía atemorizado por lo que según él había visto. No queriendo permanecer ni un momento solo se le ocurrió pedirle a Pedro que se quedara con él hasta bien entrada la noche. “Por si acaso”, pensó. Don Juan llamó al niño y le dijo:

– “Pedro, necesito que hoy te quedes hasta más tarde”.

– “Pero, señor, hoy es Navidad y mi familia me está esperando”.

– “¡Pedro, te pago el doble!”

– “Pero, Don Juan, ya tengo casi terminado mi trabajo y debo ir a casa”.

Don Juan no le quería confesar que estaba asustado y el niño lo sabía, pero él se resistía a quedarse porque era Navidad. Entonces se le ocurrió una magnífica idea: ‘invitar a Don Juan a su casa a pasar la Navidad’.

– “Don Juan, lo invito a pasar la Navidad con nosotros para que no se quede solo”.

Don Juan estaba emocionado por el ofrecimiento de Pedro, ya que nadie lo invitaba a su casa. Por lo que sin pensarlo aceptó.

Cuando llegaron a la casa de Pedro, Don Juan se quedó muy impresionado porque en esa humilde casa había mucha alegría y generosidad.

Don Juan sonrió como nunca lo había hecho, se dio cuenta que nunca había tenido una Navidad, y ahora la compartía con una familia muy sencilla y amable. Sus mejillas se sonrojaron, y sobre ellas rodaron muchas lágrimas de la emoción y felicidad que sentía.

Al final de la noche, Don Juan se comprometió a ser más justo y considerado con el niño, y a desprenderse de sus bienes a favor de los más necesitados.

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Ángel volando

El deseo de Navidad

Era la noche de Navidad y Dios miró a la tierra para contemplar a todos sus hijos. Habían transcurrido más de 2000 años desde que Dios se encarnó en el seno de la Santísima Virgen María y vino al mundo para redimir a los hombres.

Entonces Dios se dirigió a uno de sus ángeles más jóvenes y le dijo: “Baja a la tierra y tráeme una sola cosa, la que mejor represente todo lo bueno que se ha hecho hoy en mi nombre”.

El ángel hizo una reverencia a Dios y descendió al mundo de los humanos, buscando aquello que encierre lo que Dios le había pedido.

Su misión resultó algo difícil pues muchas cosas se habían hecho para homenajear el nacimiento del Niño Jesús. Para el día de Navidad, las guerras habían cesado temporalmente, las catedrales habían sido construidas y grandes novelas habían sido escritas. ¿Cómo sería posible encontrar entonces algo que representase todo esto?

Mientras estaba sobrevolando la tierra, el ángel escuchó el sonido de las campanas de una iglesia. La melodía que se desprendía del campanario era tan hermosa que al ángel le recordó la voz de Dios.

Mirando hacia abajo, vio la pequeña iglesia de dónde provenía la hermosa melodía, pero también pudo escuchar el canto de un coro que entonaba ‘Noche de Paz’.

Al ingresar al templo, el ángel comprobó que había una sola voz que cantaba la canción. Pero inmediatamente una segunda voz continuó a la primera en perfecta armonía; y luego, otra y otra, hasta que el coro de voces alumbró el recinto durante toda la noche.

Encantado por el mágico sonido, el ángel permaneció en el templo hasta que la canción terminó. Luego, se elevó de nuevo por los aires escuchando en todo lugar los maravillosos sonidos que se desprendían de los villancicos.

En todas las ciudades, sean estas pequeñas o grandes, el ángel escuchó canciones, ya sean interpretadas por grandes orquestas o por las voces de los soldados que se encontraban solos en un campamento militar, alusivas al Nacimiento de Cristo en la tierra.

Y en todos los lugares que el ángel escuchó las voces y sonidos, encontró paz en los corazones de esos hombres, mujeres y niños. Cogiendo con sus manos uno de los sonidos emitidos por una de las canciones que flotaba en el aire (los ángeles pueden hacer esto), pensó que quizás estas canciones podrían representar lo mejor que hay en la tierra en esta Navidad.

La voz de los hombres era utilizada para entonar bellas melodías, a través de las cuales era llevada la esperanza y el aliento a aquellos que creían haberlo perdido todo.

Sin embargo, a pesar de haber encontrado la respuesta a lo que él estaba buscando, su corazón le decía que esta música por sí sola no era suficiente, debería haber algo más.

Continuó su viaje a través de la espesura de la noche hasta que de repente sintió la oración elevada por un padre en su camino al cielo. Nuevamente miró hacia abajo y vio a un hombre rezando por su hija de quien no sabía hace mucho tiempo y que no estaría en casa para esa Navidad.

El ángel siguiendo la intención de la oración encontró a la hija de aquél hombre. Ella estaba parada en la esquina de una ciudad muy grande. Al frente, había un viejo bar donde fácilmente uno podía darse cuenta que los que estaban sentados ahí rara vez levantaban su vista para mirar por encima de sus bebidas por lo que no notaron la presencia de la niña.

El que atendía el bar era un hombre que no creía en nada excepto en su barra y su caja registradora. Nunca se había casado, nunca tomó vacaciones y nunca nadie lo había visto lejos de la barra, ni tampoco sabían desde cuando se inició en aquel oficio. Él siempre estaba ahí cuando los clientes llegaban y se iban.

No daba crédito a nadie y de vez en cuando por 75 monedas servía vasos de whiskey con hielo a las personas que pasaban la mayor parte del tiempo sentados en el bar. De repente, la puerta se abrió y entró un pequeño niño. El barman no podía recordar la última vez que vio a un niño en aquel lugar, pero antes que tuviera tiempo de preguntarle qué quería, el niño le dijo si él sabía que había una niña afuera en la puerta que no podía regresar a casa en la noche de Navidad. Dando un vistazo por la ventana, vio a la niña frente a la acera. Volteándose hacia el niño, le preguntó cómo sabía eso.

El chico replicó: “Hoy que es Navidad, si ella pudiese estar en casa con los suyos, en verdad te digo que lo estaría”. El barman miró de nuevo a la niña pensando en lo que el niño había dicho. Luego de algunos segundos, fue a la caja registradora y sacó todo el dinero que había ahí. Salió del bar, cruzó la pista y siguió a la niña que había avanzado unos cuantos metros.

Todos los que estaban en el bar pudieron ver cuando él hablaba con la niña. Luego, llamó a un taxi, la hizo subir a él y le dijo al chofer: “Al aeropuerto Kennedy”.

Mientras que el taxi se perdía en medio de los demás autos, volteó para buscar al niño, pero él ya se había ido. Regresó al bar y preguntó a todos si alguien había visto a dónde se había ido el chico, pero como él, todos estaban viendo cómo se perdía el taxi en las calles. Y luego, alguien comentó entre risas que el milagro más increíble del mundo sucedió, pues durante el resto de la noche, nadie pagó por un trago. El ángel voló de nuevo.

Subió al cielo y puso en las manos de Dios lo que finalmente había encontrado para Él: el deseo de un alma por la felicidad de otro.

Y Dios Padre sonrió.

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Carta de Jesús

Carta de Jesús

Estimado amigo:

Como sabrás, nos estamos acercando otra vez a la fecha en que festejan mi nacimiento.

El año pasado hicieron una gran fiesta en mi honor y me da la impresión que este año ocurrirá lo mismo. A fin de cuentas ¡llevan meses haciendo compras para la ocasión y casi todos los días han salido anuncios y avisos sobre lo poco que falta para que llegue!

La verdad es que se pasan de la raya, pero es agradable saber que por lo menos un día del año, piensan en mí. Ha transcurrido ya mucho tiempo cuando comprendían y agradecían de corazón lo mucho que hice por toda la humanidad.

Pero hoy en día, da la impresión de que la mayoría de la gente apenas si sabe por qué motivo se celebra mi cumpleaños.

Por otra parte, me gusta que la gente se reúna y lo pase bien y me alegra sobre todo que los niños se diviertan tanto; pero aun así, creo que la mayor parte no sabe bien de qué se trata. ¿No te parece?

Como lo que sucedió, por ejemplo, el año pasado: al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta, pero ¿Puedes creer que ni siquiera me invitaron? ¡Imagínate! ¡Yo era el invitado de honor! ¡Pues se olvidaron por completo de mí!

Resulta que habían estado preparándose para las fiestas durante dos meses y cuando llegó el gran día me dejaron al margen. Ya me ha pasado tantísimas veces que lo cierto es que no me sorprendió.

Aunque no me invitaron, se me ocurrió colarme sin hacer ruido. Entré y me quedé en mi rincón. ¿Te imaginas que nadie advirtió siquiera mi presencia, ni se dieron cuenta de que yo estaba allí?

Estaban todos bebiendo, riendo y pasándolo en grande, cuando de pronto se presentó un hombre gordo vestido de rojo y barba blanca postiza, gritando: “¡jo, jo, jo!”.

Parecía que había bebido más de la cuenta, pero se las arregló para avanzar a tropezones entre los presentes, mientras todos los felicitaban.

Cuando se sentó en un gran sillón, todos los niños, emocionadísimos, se le acercaron corriendo y diciendo: “¡Santa Clos!” ¡Cómo si él hubiese sido el homenajeado y toda la fiesta fuera en su honor!

Aguanté aquella ‘fiesta’ hasta donde pude, pero al final tuve que irme. Caminando por la calle me sentí solitario y triste. Lo que más me asombra de cómo celebra la mayoría de la gente el día de mi cumpleaños es que en vez de hacer regalos a mí, ¡se obsequian cosas unos a otros! Y para colmo, ¡casi siempre son objetos que ni siquiera les hacen falta!

Te voy a hacer una pregunta: ¿A ti no te parecería extraño que al llegar tu cumpleaños todos tus amigos decidieron celebrarlo haciéndose regalos unos a otros y no te dieran nada a ti? ¡Pues es lo que me pasa a mí cada año!

Una vez alguien me dijo: “Es que tú no eres como los demás, a ti no se te ve nunca; ¿Cómo es que te vamos a hacer regalos?”. Ya te imaginarás lo que le respondí. Yo siempre he dicho: “Pues regala comida y ropa a los pobres, ayuda a quienes lo necesiten. Ve a visitar a los huérfanos, enfermos y a los que estén en prisión”.

Le dije: “Escucha bien, todo lo que regales a tus semejantes para aliviar su necesidad, ¡lo contaré como si me lo hubieras dado a mí personalmente!” (Mateo 25,34–40).

Muchas personas en esta época en vez de pensar en regalar, hacen bazares o ventas de garaje, donde venden hasta lo que ni te imaginas con el fin de recaudar hasta el último centavo para sus nuevas compras de Navidad.

Y pensar todo el bien y felicidad que podrían llevar a las colonias marginadas, a los orfanatorios, asilos, penales o familiares de los presos.

Lamentablemente, cada año que pasa es peor. Llega mi cumpleaños y sólo piensan en las compras, en las fiestas y en las vacaciones y yo no pinto para nada en todo esto. Además cada año los regalos de Navidad, pinos y adornos son más sofisticados y más caros, se gastan verdaderas fortunas tratando con esto de impresionar a sus amistades. Esto sucede inclusive en los templos. Y pensar que yo nací en un pesebre, rodeado de animales porque no había más.

Me agradaría muchísimo más nacer todos los días en el corazón de mis amigos y que me permitieran morar ahí para ayudarles cada día en todas sus dificultades, para que puedan palpar el gran amor que siento por todos; porque no sé si lo sepas, pero hace 2 mil años entregué mi vida para salvarte de la muerte y mostrarte el gran amor que te tengo.

Por eso lo que pido es que me dejes entrar en tu corazón. Llevo años tratando de entrar, pero hasta hoy no me has dejado. ‘Mira yo estoy llamando a la puerta, si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos’. Confía en mí, abandónate en mí. Este será el mejor regalo que me puedas dar. Gracias.

Tu amigo.

Jesús.

 
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